(You got a face with a view)

Un día, caminando de vuelta a casa sentí que el rostro se me caía. No en forma metafórica sino así, que la cara se me estaba cayendo como si un poco se me derritiera y otro poco estuviera desacomodada. Estaba pasando por mucho: tenía el corazón roto, mi perra de 14 años (a quien adoraba) acababa de morir y no me sobreponía del todo de un sismo que cimbró la ciudad y reacomodó mi perspectiva de familia y soledad y raíces. Dejé de reconocerme en el espejo, había cambiado tanto que lo que veía ahí en el reflejo no era lo que yo sentía estar siendo por dentro. En terapia entendí que estaba experimentando mi primera crisis de vida. Comencé a tomarme selfies por intuición, pensando que de alguna manera observarme desde la extrañeza podía ayudar en algo. Sí lo hizo. Yo, que en algún momento había tachado de superficial esa acción, ahora lo hacía a diario con una curiosidad enorme de observar mi rostro sin sentirlo mío. Y fui enamorándome a cada paso, de observar como por primera vez las facciones que había visto toda mi vida y ahora me parecían tan ajenas. La verdad, nunca me volví a reconocer. No fue un camino de regreso. En ninguna foto he dicho “ey, ahí estás” y más bien cada tanto vuelvo a desconocerme. Pero sí me habité. En cada fotografía. Me hice la promesa de aceptar que esa era yo aunque no pareciera. Y aprendí a ser este nuevo ser, al menos para mí, porque parecía que nadie más se daba cuenta del cambio. Un ser que, a partir de la curiosidad de observarse como si fuera alguien más, ha reforzado su sentido de identidad y de linaje. Un interés por los que me conforman ha llegado a mí, tal vez al entender que una nunca viene sola a este mundo. Lo que he logrado descifrar y aprender de esta cara es lo siguiente: los ojos que poseo vienen de mi madre, la nariz de mi padre y la sonrisa viene de mi abuela Antelma. Tengo seis lunares simétricos en las mejillas. Mi piel y mis ojeras al parecer cruzaron un mar junto con mi tatarabuela y mi cabello me lo trajo de Centroamérica mi bisabuelo. Este rostro guarda señales, mapas que me regalaron mis ancestros migrantes, que no fui capaz de entender hasta que llegaron a mí las ruinas, antes de la siguiente reconstrucción. Soy una combinación de amor y fronteras y distancias cruzadas. De valentía y esperanza. De quien decide que su hogar (por un rato o por siempre) será otro, distinto al lugar donde crecieron sus raíces. Yo sin saberlo siempre he seguido sus pasos y migro de casa cada tantos años. Sé que ya viene otro viaje. Lo puedo sentir con todo este ADN que anda inquieto y me cuenta de nuevos cielos que no conocemos y queremos tanto volver a ver.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s