Fuego es entonces el verano

fogata_valeriagasconPara mí, fuego es sinónimo de verano. Y de ninguna otra cosa. Fuego es el mar. Y la arena negra que hierve en las mañanas y resplandece por las noches. Es palitas de plástico y cubetas en forma de castillo. Es tener siete años y sentir mis hombros y espalda ardiendo por el sol. Fuego son todos mis primos haciendo un hoyo a la orilla del mar, intentando ganarle a la ola. Es la casita de playa de mis abuelos. La hielera llena de jamón y queso amarillo en cuadritos para los sándwiches y  cervezas para los adultos. Es tener las yemas de mis dedos arrugadas y los labios amoratados y aún así no querer regresar a cenar atún con mayonesa, tomate y cebolla, si no más bien quedarme otro ratito. Fuego es ver el atardecer en Playa Linda, y reunirnos todos en silencio a esperar que desaparezca el sol dentro del mar.
Fuego es esa fogata. La única fogata que recuerdo, con la luna llena color naranja y mi mamá explicándome que eso pasa cuando hace mucho calor. Es el sonido del mar a mis espaldas, que no puedo ver a menos que entrecierre los ojos y fije la mirada en la espuma de las olas. Es el olor a malvavisco quemado y la búsqueda de la varita con la longitud y diámetro ideal, para poder  meter en ella más de tres bombones  y si son sabor fresa, mejor. Fuego es escuchar el chisporroteo de la madera y ver las brasas saltando una y otra vez. Es no poder apartar la mirada de su resplandor  y recordar veinte años después sus diferentes tonos de amarillo y naranja.
Fuego es la sensación de vacío llegando a mí por primera vez. Y el intento de compararlo con el número limitado de emociones que he reunido a mis siete años. Es llegar a la conclusión de que ese hueco que siento no es mío, que existen  sentimientos que se reciclan, se viven por transfusión. Que vienen viajando desde mi madre,  mi abuela, la madre de mi abuela y la abuela de mi abuela. Es pensar que alguna vez, ellas también se sentaron frente a un  fuego con el mar a sus espaldas y sintieron una nostalgia que  las tomó por sorpresa. Pues la tristeza que nace de observar las llamas no tiene un minuto, ni siete años, si no más bien tres siglos.
Es comprender que esta sensación me persiguió desde que nací y esperó paciente a que fuera una niña contemplando una fogata dando la espalda al mar, para acurrucarse en mí y no volver a abandonarme.

Fuego es entonces el verano.

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