Verde infinito

Hace unas semanas S y yo viajamos a  Xilitla. Un lugar que había visto una y otra vez por imágenes y video y que me parecía tan lejos como otro país, pues cada que hablábamos de las 8 horas de viaje y lo difícil de la carretera, la distancia parecía inmensa. El año pasado rompimos algunas barreras sobre viajar (nos dimos cuenta como una gran mayoría de las distancias geográficas también son mentales) y creo eso ayudó a no pensar demasiado y tomar carretera un viernes por la mañana.

Ya una vez en Las Pozas todo lo que pensé que quería ver fue lo menos relevante y lo que no tenía idea de que estaba ahí, hizo que me parara en seco durante el recorrido, varias veces. Me costó un poco entender lo que veía porque mi cabeza no dejaba de buscar algún referente con algo visto antes. Y eso sólo pasaba por pedazos, pero no en su totalidad. Ya muy adentro de todos esos ojos, cascadas y columnas, la sensación de estar perdida fue inevitable, mi alrededor se convirtió en el mismo, sin importar cuanto avanzaba. Pero sólo fue un momento, que terminó en una conclusión muy linda: estaba recuperando un sentimiento que había dejado olvidado en algún otro lado cuando niña y por fin regresaba. Encontrarme en un estado de continua sorpresa y conciencia alerta para descubrir y no perderme de ningún tesoro a cada dos pasos o luego de caminar por un rato escuchando las cascadas acercarse y alejarse al mismo tiempo.

Todos los tonos de verde llegaron a vivir a Xilitla. Y ninguna y todas las civilizaciones antiguas e inventadas existen en el castillo de Edward James. Un lugar como de otra realidad o tiempo, lleno de vida y ruidos que me hicieron pensar en cosas pequeñas que corren a esconderse apenas volteas a ver en su dirección.

S, que se comporta como un niño con juguete nuevo en cada viaje, al que casi hay que arrancarle la cámara luego de que se queda dormido abrazado a ella, tomó excelentes fotos que apenas pude ver y ordenar hoy. Asomarme a nuestro viaje  desde su encuadre, hizo que lo viera todo de otra forma y extrañara un poquito el no poder reproducir en mi cabeza el sonido de las aves, de los grillos y las ranas (en ese orden de aparición) cuando comienza a oscurecer en la sierra potosina, el sabor exacto del más rico zacahuil que he probado en mi vida, el frío que sentimos al meternos a nadar a sus cascadas y el preciso tono del verde cuando la niebla llega a platicar con él un ratito a las montañas, siempre al amanecer.

Febrero ya se terminó y con él se fueron mi 31 recién cumplidos y seis años de estar, con/en mi hogar. Por eso el viaje, que estuvo llenito de curvas y monte durante ocho horas, y que valió cada uno de sus desfiladeros. Aquí unas fotos y mi playlist para el viaje (con todas las canciones necesarias para pasar de esto a esto y luego repetir).

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Todas las fotos (a excepción de las que él sale) fueron tomadas por S.

Si haces click sobre ellas se ve todo mejor.

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